I. Una familia judía

25/06/2024 4.514 Palabras

Un pueblo errante Estos pocos datos de historia de la familia de Freud podían ser los de tantas otras familias judías europeas que, a través de los siglos, fueron emigrando por muchos países, a veces, como todos los emigrantes, con la esperanza de una vida mejor que la que el país en que nacieron les podía dar; pero muchas otras, buscando no precisamente mejoras, sino simplemente la supervivencia cuando las persecuciones periódicas que tenían lugar en los diversos países les obligaban a ello. Tradicionalmente los judíos vivían en comunidades unidas en barrios separados del resto de la población, dedicados al comercio y a los oficios de artesanía, ya que, decididos a conservar su propia identidad racial, religiosa, de lengua y de costumbres, se mantenían al margen de la vida cultural del país. Esta actitud propiciaba, por otra parte, que el resto de los habitantes (cristianos) nunca los considerasen ciudadanos como ellos, y que se les privara, por tanto, de muchos de los derechos civiles de los que los demás disfrutaban. Como eran muy pocos los que por este motivo podían poseer tierras o tomar parte en la vida política y militar de su país adoptivo, los judíos europeos fueron tradicionalmente una minoría urbana, dedicada en su mayor parte a la orfebrería, las manufacturas y el comercio. Sin embargo, ya en el siglo XVI se produjeron entre los judíos de Europa central intentos para lograr una mayor integración con el resto de la población. Se esforzaron por dominar la lengua culta del país de residencia, y de esa manera tener acceso a una situación económica mejor, pues en su círculo restringido de familia y barrio, y sobre todo en su educación, usaban el hebreo, aunque, como es natural, con grandes influencias de la lengua del país. En el siglo XVIII, aparte de los judíos rusos, una de las juderías europeas más importantes, tanto numérica como culturalmente, florecía en Alemania. Entre estos judíos empezó a crearse un grupo, llamado los Maskilim, que en hebreo quiere decir «pioneros del progreso», que intentaban un acercamiento mayor de la población judía a la cultura alemana, rompiendo con la educación tradicional judía, que se reducía a una enseñanza religiosa limitada al estudio de la Torha —el Antiguo Testamento—, pero que apenas incluía disciplina secular alguna, como ciencias, literatura o filosofía. A este movimiento, a este esfuerzo de acercamiento, se le llamó Haskalah o «Ilustración»; desde Alemania se propagó rápidamente entre las juderías del resto de los países de Europa. Era un buen momento, por otra parte, para intentar un mayor contacto, ya que la propia Ilustración europea, con la apertura que la caracterizó, favorecía el contacto entre los judíos y los cristianos más liberales. Este movimiento judío también presionó para que se les concediera igualdad de derechos civiles con los demás ciudadanos, lo cual consiguieron cuando el emperador José II de Austria proclamó en 1782 el «Edicto de Tolerancia» en favor de todas las minorías del Imperio. La familia Freud, que había vivido durante mucho tiempo a orillas del Rhin, y que había escapado hacia el norte, hasta Lituania, hacía unos tres siglos, regresó en el siglo XIX a tierras de habla alemana, donde habían existido comunidades judías desde tiempos romanos. Y empezó por asentarse en una provincia austríaca, Galitzia, que tenía una judería muy importante y de las más ortodoxas de la Europa oriental. En este ambiente tradicional, nace en 1815 Jakob Freud. Hombre de carácter abierto y agradable, rechaza la ortodoxia estricta por un liberalismo que aplica tanto a la religión como a sus ideas políticas. Jakob era comerciante de lana, negocio con el que logró mantener una familia numerosa, aunque siempre con estrechez e incluso con períodos de gran pobreza. Tuvo una vida muy larga —murió a los ochenta y un años— y se casó dos veces. Cuando en 1855 contrajo matrimonio con Amalia Nathanson, era viudo y padre de dos hijos ya mayores. Su nueva mujer, sin embargo, contaba solamente veinte años; delgada y atractiva, tenía un carácter muy alegre. Incluso en su vejez siguió manteniendo su alegría y buen humor; le gustaba organizar tertulias para jugar a las cartas y quedarse levantada hasta tarde. Se cuenta que a los noventa años devolvió un chal que le habían regalado, porque, según dijo, le parecía que le hacía demasiado vieja. De esta mujer, de su madre, solía decir Freud que había heredado su sentimentalismo y la parte más emocional de su carácter, mientras que de su padre, de Jakob, le había quedado el sentido del humor, la mentalidad liberal, cierto esceptismo ante as vicisitudes de la vida y la costumbre de sacar moralejas contando anécdotas y chistes judíos. Un año después del matrimonio de Jakob y Amalia, cuando vivían en Freiberg (Moravia), nació su primer hijo, a quien llamaron Sigismund Solomon. (El primer nombre se lo cambiaría él mismo a los diecisiete años por la forma germana de Sigmund.) Sigismund o Sigmund nació a las seis y media de la tarde del día 6 de mayo de 1856. Tenía, al nacer, abundante pelo negro rizado y la cabeza recubierta de una membrana que en los recién nacidos es poco frecuente. De mayor, Freud, a quien sus padres sin duda se lo habrían contado, solía referirse a este hecho tan poco usual, interpretándolo como una señal de que ya desde su nacimiento estaba llamado a hacer algo muy importante en su vida. Quizá se lo tomara con cierto humor, ya que, naturalmente, no se sabe que exista ninguna relación entre ambas cosas.

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